(Pale
Rider, 1985)
Director:
Clint Eastwood
Un grupo de hombres cabalga
desordenada y velozmente por la pradera. Un tranquilo campamento minero cuyos
habitantes realizan confiadamente sus labores cotidianas. Un montaje en
paralelo advierte el descenlace violento, caótico, destructor. Una adolescente
llora y pide ayuda al cielo. Un jinete misterioso baja de las alturas y su
imagen se superpone a la de la joven. Las formas inmutables del “western” nos
anuncian que la justicia está por llegar. Que el paraíso para los afligidos
existe, pero que cuesta ganarlo.
Un film religioso?. Sí,
ciertamente. El Jinete Pálido lo es,
como lo es todo el “western”, que aborda la formación de la nación americana.
Sólo que el film de Eastwood lo evidencia al situarse en las alturas del mito,
de su épica, de su naturaleza enigmática. Quién es Preacher? Un hombre o un
emisario divino?. Para los hombres de Carbon Canyon, que día a día se enfrentan
a una geografía agreste y al abuso del poderoso LaHood, tal vez sea el segundo.
Preacher, en su naturaleza ambigua -expuesta claramente en el uso alterno del
collar de predicador y del revólver- es una suerte de prolongación de el Manco
o el Rubio, personajes que inmortalizara el mismo Eastwood en los films de
Sergio Leone. Hombre de pocas palabras y pocos amigos, movimientos
habitualmente pausados salvo cuando hay que enfrentar al enemigo. En su cuerpo
hay las cicatrices de un pasado tortuoso y está imbuído de un ánimo
vindicativo. Sin embargo, su providencial llegada, su fuerza invencible y ese
don de ubicuidad que le permite aparecer en los lugares menos pensados y en los
momentos precisos, asocia su imagen a la de un hombre venido del más allá para
dar muerte a los explotadores, unir a los desterrados y traer la experiencia
del amor para las mujeres.
Si en Shane (1953, George Stevens), ya aparecían esbozados los
lineamientos generales de El Jinete...,
sin embargo, este último pone el acento en aquellos impulsos humanos tan
vitales como ocultos -el deseo o la venganza- que Shane tan sólo se permitía sugerir. La entrega de Sarah a Preacher
“para no tener que lamentarlo después”, la atracción que siente Megan por la
virilidad del pistolero o la ejecución de Stockburn a manos de Preacher,
desmesurada y catártica, rubrican la distancia que pone de por medio el film de
Eastwood.
El
Jinete Pálido es, además, la historia del hombre sin destino final, la del eterno
vagabundo para el cual, a pesar de su victoria,
ya no hay espacio en este mundo que se abre a la civilización. La
anécdota, perteneciente a la más pura estirpe “westerniana”, contada con tintes
heróicos y no exenta de humor, permite reavivar esas antinomias propias del
género bien-mal, divinidad-mortalidad, pecado-redención, opresión-libertad. Y
lo hace con fruición y con un planteamiento estético coherente. Justamente, la
fascinación que El Jinete... ejerce
sobre nosotros proviene, más allá de la solidez de su guión, de su apelación a una iconografía hecha de
claroscuros y enraizada en la tradición misma del género. Allí están las
imágenes de esos siete magníficos -aunque en negativo- que conforman la banda
de Stockburn, sus largos y llamativos guardapolvos, así como sus operáticas
ejecuciones, que nos recuerdan al Leone de Erase
una vez en el Oeste. Pero también está, como una advertencia de lo efímero
de la aventura, el cuadro impresionante del Oeste amenazado por esos avances de
la civilización que representan el tren y las bombas hidráulicas, contra las
cuales, sin embargo, la acción
dinamitera de Preacher será el último
grito victorioso del héroe, un héroe a la medida de aquellos que jamás
existieron, salvo en las hermosas leyendas del Far West y en la imaginación de
quienes aún queremos creer en ellas.
ROGELIO
LLANOS Q.
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