Escribe: Rogelio Llanos Q.
- I -
Si la memoria no nos engaña, fue a comienzos de diciembre que recibimos una
llamada telefónica de Gabriel Quispe, redactor de Butaca Sanmarquina, en la cual nos solicitó participar en la
presentación de su revista. No nos vamos a detener en los detalles o argumentos
que Gabriel sustentó para explicarnos las razones de la invitación. Lo que sí
podemos decir es que sentimos alegría por su propuesta y una gran satisfacción
por la salida de un nuevo número de esta revista.
¿Por qué satisfacción por la salida de una revista de cine? Precisamente
por eso, por tratarse de un medio escrito que se ocupa de hablar de películas.
Desde nuestros años de adolescencia siempre sentimos especial atracción por las
revistas de cine. Recordamos aún esa vieja revista chilena de fotos viradas al
sepia, Ecran, que trataba de los
chismes de Hollywood y de sus estrellas. Para esta revista el cine
latinoamericano no era otra cosa que los galanes o cantantes de moda que
incursionaban en la pantalla. Había, sin embargo, una sección de crítica, cuyo
nombre no recordamos, en donde la figura de un mono en diferentes posturas y
con gestos elocuentes daba cuenta de la calidad de la película. Esa era la sección que más nos atraía, fuera
de las fotos de las actrices, - Claudia Cardinale era nuestra preferida- que en
ropa de baño adornaban las diferentes ediciones.
Pues bien, esa sección crítica, que se encontraba en el último tercio de la
revista, nos llamaba la atención porque encaminaba nuestra opinión sobre
películas conocidas, pero que muchas veces ni siquiera podíamos ver por razones
de edad y censura estricta. Pero el estilo y el tratamiento de las películas se
parecía al que practicaban Alfonso Delboy en La Prensa y también Alfredo Kato. Era el cine como mero instrumento
de diversión y sin mayor trascendencia. A tal punto, pues, que pensar en el
cine o sobre las películas, no constituía sino una forma deliciosa de perder el
tiempo.
Años después, hacia 1972, cuando por casualidad encontramos en una vieja
librería del jirón de la Unión, una revista llamada Primer Plano, y junto a ella dos números de Hablemos de Cine, quedamos asombrados al enterarnos que el cine no
sólo eran las hermosas piernas de mi admirada Claudia Cardinale o los soberbios
pechos (siempre ocultos, lamentablemente) de Sofía Loren, sino que, tras la
portada inquietante de Primer Plano
(era un desnudo de la película Salmo
Rojo del húngaro Miklos Jancsó), se ocultaban artículos que luego de una
primera ojeada se revelaban como escritos en un idioma desconocido y, además,
sobre un cine que parecía haber sido hecho en subterráneos, pues alguien
acostumbrado a leer los comadreos de Ecran
o los dislates de Delboy o Kato, encontrarse con términos como el tempo cinematográfico o la dramaturgia de los objetos o el cine imperfecto de Julio García Espinoza
era simplemente algo inaudito. Nos atrajo, sin embargo, su lenguaje depurado
–aunque apenas si entendíamos una que otra frase- y especialmente aquella
sección crítica en la que películas tan sencillas y encantadoras como Río Lobo de Howard Hawks era sometida a
un análisis que jamás podríamos haber pensado que se pudiera hacer.
- II -
Pues bien, todo esto se nos vino a la mente
a partir de la llamada de Gabriel. Y nos alegramos porque seguramente, así como
en nuestro caso, habrá un buen número de
jóvenes que revisando las páginas de Butaca
Sanmarquina se harán preguntas similares, se inquietarán y estarán
dispuestos a dejarse llevar por esa pasión irrefrenable y compulsiva de la
cinefilia. Más allá de la simple evasión, más allá del mero espacio lúdico.
Empecemos pues el comentario de esta revista con el Rincón Cinéfilo, el cual ya no es tal puesto que de una manera
audaz lo incluyen, a contracorriente de muchas revistas que conocemos, como
puerta de entrada a un mundo donde la confrontación de ideas en torno a las
imágenes proyectadas, vistas y disfrutadas es la principal razón de existir de
un grupo de apasionados del cine, que todavía apuestan por la continuidad de
una tarea crítica, que como mucha de la actividad intelectual, es vista con
extrañeza, como si de un acto de locura se tratara, en una sociedad que,
paradójicamente está cada vez más apabullada por imágenes y, donde el espacio para la reflexión es cada
vez menor.
La crítica de cine es aquí en nuestro país una labor de minorías y para una
gran minoría. Pero, ello no debe desanimarnos. Recordemos lo que en el mundo de
la música ocurrió allá por los años 60 con esa gran banda de rock llamada Velvet Underground. Muy pocos la
conocieron, la disfrutaron, la vivieron. Hoy día muy pocos la recuerdan. Y sin
embargo, el rock de ahora no sería lo que es si no hubiera existido la banda
del gran Lou Reed. Pero, algo más, hay quien afirma que si bien fueron pocos
los que siguieron a esta banda, fue este grupo la que más vocaciones de músico
despertó y no fueron pocos los que se lanzaron a crear sus propias bandas.
Así pues, la labor crítica pionera que tesoneramente llevó a cabo en la
década de los sesenta y setenta Hablemos
de Cine, ha dado lugar a diferentes generaciones de críticos que, quiéranlo
o no, aún continúan bajo la influencia de esta gran revista de cine. Butaca Sanmarquina, una revista joven,
terca y luchadora, sin perder una personalidad que número tras número la ha ido
perfilando con la persistencia propia de las grandes empresas, tampoco escapa a
esta influencia. Y ello lo podemos apreciar especialmente en este rincón
cinéfilo.
La forma de encarar los comentarios críticos, a partir de esos intentos de
ingresar a los universos de los directores, atribuyéndoles la responsabilidad
total o mayor en el resultado final de la puesta en escena proviene pues de
aquella postura de los viejos críticos de la nueva ola francesa, y que los
compañeros de Hablemos de Cine
supieron asimilar e instaurar en nuestro país.
Pero, lo importante es cómo a partir de esta influencia, los jóvenes
críticos de Butaca... intentan definir sus estilos, apelando a la investigación
y el detalle acucioso, como hace Gabriel Quispe en La dama y el duque (escribe Gabriel: La ciudad diseñada por Jean-Baptiste Marot
a partir de viejos planos y unos cuadros del pintor postimpresionista Camille
Corot, es una urdimbre de decorados desleídos, dignos también de Claude Monet y
Alfred Sisley, ilustres impresionistas que retrataron el campo y las calles de
París con énfasis en colores brillantes y la incidencia de la luz sobre el
objeto situado al aire libre); dejándose llevar el mismo Gabriel
Quispe por su pasión cinéfila en La Viuda de Saint Pierre (escribe Gabriel: ¡Qué grande es Gabriel Binoche!... y le dedica todo un párrafo a la belleza y talento de esta
sensible y delicada actriz,); acudiendo a la construcción fina y
delicada, tal como desliza Julio Escalante en Este-Oeste (escribe Julio: El fluir de las aguas marca el transcurso del tiempo y
la relación entre Marie y Sasha se fortalece como las olas de una tormenta, con
ternura y alguna inocencia); desprendiéndose del referente fílmico
para apuntar hacia la generalización del mensaje, según apuesta de Carlos
Zevallos en la crítica de El empleo del
tiempo (escribe
Carlos: El desempleado continúa trabajando y se convierte en su propio superior
inflexible, se construye un minucioso infierno inútil a su medida; de otro modo
su agenda permanecería en blanco, intolerablemente. Como en esas obras de
ciencia ficción en que los computadores desarrollan sentimientos, el hombre
promedio ha intentado liberarse. El hombre promedio fracasa.); arrancando
como si fuera al encuentro de un cuento y descubriendo, tal vez, una vocación
literaria (escribe
Rony: Esse, joven y marginal, proclama que no lo botaron, sino que se largó de
su maldito trabajo. Reclama a su
ocasional pareja el absurdo conformismo pequeño burgués de esperar una paga
siempre insuficiente...).
Lamentamos, eso sí, que esta sección tan apreciada por los cinéfilos sea
tan pequeña. Comprendemos que la escasez de recursos económicos, que la tiranía
del tiempo y el paso rápido de las películas por la cartelera atentan siempre
contra el espacio destinado a esta revisión entrañable de las cintas estrenadas,
pero de todas maneras, es una deuda que Butaca...
tiene para con sus seguidores.
- III -
René Weber, director de la revista, inaugura la siguiente sección: Interiores. Y aquí es como si
entráramos a un mundo diferente de donde hemos estado. Su artículo Reflexiones sobre la excepción cultural.
Otra mirada es posible, nos devuelve a ese problema, siempre actual y
vigente: la cultura como objeto de compra y venta en un mercado liberal y ahora
globalizado, que pretende hacer de ella una mercadería estándar, destinada a la
burda satisfacción de los deseos de aquellos compradores compulsivos modelados
por la sociedad consumista. Sin embargo, como anota el mismo René Weber, hay
focos de resistencia, creados en diferentes puntos del planeta. Y estos puntos
de resistencia no sólo son los países latinoamericanos, que tienen mucho que
decir, a través de sus intelectuales y cineastas, sobreponiéndose a las
urgencias económicas, políticas y sociales que las aquejan. Ello, sin duda,
debe constituir un motivo de reflexión para medios que como Butaca… están empezando a abordar,
tímidamente y, esperamos, que de una manera más agresiva en los próximos
números. Esta es una deuda que René ha adquirido en esta edición. En su nota,
se echa en falta una profundización del tema en lo que toca a la situación
vivida aquí en el Perú.
Lo que no acabamos de entender es por qué en esta sección Interiores aparece una entrevista a
Bruno Pinasco. Ojo, que no estamos en contra de que aparezca esta entrevista.
Creemos, simplemente, que podría estar en una sección distinta. Algo así como
Pequeñas fugas o Extramuros. Porque si precisamente se ha hablado de excepción
cultural, lo menos que podemos hacer en la presentación –el gorro de la nota-
es definir lo que el programa de Pinasco es. Es decir, un medio a través del
cual se promocionan los productos estándares del cine norteamericano. Que por
allí se deslice algún film de interés y se le enfoque de manera crítica, sí que
es realmente una excepción.
Sí, en cambio resulta una agradable sorpresa encontrar un texto de la
talentosa y admirada Giovanna Pollarolo. Texto muy bien escrito, fluido y
revelador de los orígenes del guión de Ojos
que no ven, Opción que Giovanna asume por oposición a una reflexión sobre
el propio trabajo, imposible de realizar considerando la cercanía de la
experiencia y, no existiendo aún –nos dice ella- las opiniones de crítica y del
público. Como hábil narradora que es, se deshace con una limpia y elegante verónica, del peso que significa entrar en el
análisis autocrítico, a veces farragoso, nunca estéril y casi siempre
revelador, para entrar en el terreno que ella, viva e inteligente, domina –con
el perdón de los críticos literarios- casi a la perfección. Y, entonces, nos
cuenta cómo de la noche a la mañana se vio envuelta entre los noticieros de la
televisión y la prensa chismosa que daban cuenta con hipócrita mirada de la
corrupción de la clase empresarial y de las miserias morales de un Perú que,
una vez más, salía de uno de los tantos agujeros negros de su accidentada como
espectacular historia. El Perú o la caja de sorpresas, el Perú o la memoria
frágil, el Perú y su eterno renacer. Si Ojos
que no ven ha logrado dar cuenta de todo aquello que impresionó a Giovanna,
sólo lo sabremos el día que veamos la película. De lo que no me cabe duda es de
la necesidad de reflejar estos abismos morales en los que periódicamente cae
nuestro país. Es necesario lastimar, es necesario viajar hacia las oscuridades
del ser humano, es necesario recordar. Y, precisamente, el cine de aquí o de
más allá, consciente o inconscientemente cumple esencialmente esa labor. Algo
de ello, nos lo ha recordado Giovanna.
Para completar la sección, Christian Wiener, que aquí aparece sin el filo
acostumbrado, nos habla de los Miedos de
Guerra, lanzándose a hacer un recuento del cine peruano empezando con los
ya ahora lejanos años setenta, años en los que el cine peruano no fue ajeno a
la influencia del llamado Cine Latinoamericano. Lamenta, sin embargo, que aquí
no haya habido una radicalidad que sí se expresó con talento y audacia en
países como Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina. Pequeños comentarios a
películas específicas sazonan el artículo a manera de un balance en el cual,
extrañamos dos cosas: una, su agudeza crítica desarrollada desde aquellos años
en que fundó Cine Club y que se fue perfilando en los buenos años de Marka,
haciendo de él una voz imprescindible cuando de Cine Latinoamericano se habla;
y, dos, una conclusión y una proyección
a partir de lo que se ha hecho en los últimos años, tanto en el terreno del
rodaje como en el aspecto legal.
- IV -
En la sección Especial,
encontramos el artículo Hollywood toma
partido de Ernesto Guevara Flores, que se centra en lo que ha sucedido en
el cine de USA a partir del 11 de septiembre de 2001. Cuando observadores,
productores y directores pronosticaban un retroceso de aquellas cintas que
mostraban con crudeza la violencia o el terrorismo y, asimismo, se retrasaba el
estreno de algunas películas que mostraban o aludían al desaparecido World Trade
Center, Hollywood, que no desaprovecha la ocasión de incrementar sus arcas, se
lanzó, por el contrario, por la senda del revanchismo y produjo films de
abierto contenido patriotero, con la coartada de levantar el alicaído espíritu
de la sociedad americana. Menciona Guevara a cintas como Detrás de las líneas enemigas o La caída del halcón negro. Pero, sin duda, la que se lleva las
palmas es Fuimos héroes hecha para
mayor gloria de Mel Gibson y que no tiene empacho alguno en justificar la
violenta presencia extranjera en Vietnam. Pues bien, Guevara se encarga de
recordarnos que el águila americana se ha echado a volar y que los tambores de
guerra están sonando, aún cuando hay gente dentro del cine, caso de Sean Pean o
Susan Sarandon, que se oponen con todos los medios a su alcance a esta postura
belicista. Pero, no nos engañemos, el fantasma de MacCarthy no ha desaparecido
del todo en el corazón de la industria del cine. La nota de Guevara, sin
embargo, se basa en pequeños artículos aparecidos en los diarios. Como
investigador de la relación cine-historia, sería bueno que ingresara en los
contenidos de las películas, examinando sin prejuicios las actuales tendencias
del cine americano para poder establecer a partir de allí las perspectivas de
una industria que, a pesar de los muchas cintas de escaso interés con que
invade nuestra cartelera, aún tiene un margen donde cineastas de valía,
Scorsese es uno de ellos (a pesar de los múltiples problemas experimentados en
su último film, Gangs of New York),
pueden realizar su trabajo.
En esta sección también encontramos
una nota de nuestro buen amigo y talentoso crítico Nelson García Miranda, que
regresa de las catacumbas donde ha estado injustamente recluido. Su nota o más
bien su vieja entrevista desempolvada para Butaca Sanmarquina tiene por título Javier Heraud y el Cine. Se trata de
una entrevista realizada a Mario Razzeto, investigador social, catedrático
universitario y amigo del poeta. La vuelta de Nelson a los textos escritos, al espacio de las revistas de cine,
lamentablemente no es ese retorno feliz que sus viejos amigos del cine y que
nosotros, particularmente, hubiéramos querido. Se trata de una entrevista donde
se habla de los gustos cinéfilos de Heraud, de las películas y de los actores
que lo impresionaron. ¿Será posible que a los jóvenes de ahora les interese
saber que Heraud gozaba viendo los filmes del entrañable Howard Hawks o las del
aventurero John Huston? Pero, luego, nos preguntaríamos ¿Y los jóvenes de ahora
saben quién es Javier Heraud? Vamos, Nelson, ¿no sería mejor hablar de aquella
Balada del guerrillero que partió y sus aires fordianos (……..). O, tal vez, ¿no
sería mejor hablar sobre el canto entrañable de un Heraud arrebatado por la
naturaleza y el paisaje, describiéndolos con intensos y sentidos travellings, y
rastrear allí su joven cinefilia?. Aún recordamos con cariño aquellas extensas
y detalladas críticas de El
estrangulador de Rillington Place o El
final de un canalla que alimentaron nuestra juvenil pasión cinéfila y que
nos alentaron a escribir o reflexionar sobre las películas que más amaba. Tienes una enorme deuda con todos tus amigos
y con Butaca Sanmarquina también, mi querido Nelson. Nos encantará volverte a
leer.
- V -
La sección ensayo de Butaca
Sanmarquina contiene un trabajo de Balmes Lozano titulado Incendio de Espejos en el Filme. Ya lo
adelanta la presentación del artículo: polémico. Arrancando el texto, pensamos
que no pocos estarán en desacuerdo con las opiniones de Lozano sobre La Boca del Lobo. Dice, pues, algo así
como que en dicha película Lombardi y sus guionistas no pudieron expresarse de
una manera y optaron por migrar al género policial. ¿No tenía claros sus
objetivos Lombardi? ¿Es La Boca del Lobo
un policial? ¿se trata de un film esquemático de buenos y malos? Pues, no
tomaremos partido y, simplemente, echaremos más leña al fuego. Continúa Lozano
reflexionando sobre la película y nos dice que no existe la intencionalidad del
autor por transmitir su punto de vista sobre el genocidio que en algún momento
se muestra en la película, y dice que esto es así porque en este tipo de cine
se abandona conscientemente esta preocupación. Lo que, indudablemente, mueve a
la discusión son las categóricas afirmaciones de Balmes Lozano, es decir, ¿se
puede ir del blanco al negro y no pasar por los grises? ¿podemos o debemos
encasillar las películas bajo una determinada etiqueta? Sí estamos de acuerdo
en ensayar una interpretación de la postura de tal o cual cinesta, de su punto
de vista o de la validez de su puesta en escena, pero en todo caso, hay que
reconocer que se trata única y exclusivamente de un punto de vista particular y
que lo que se asume como verdad para algunos puede que no lo sea para otros,
como ya lo mostrara Kurosawa en Rashomon
o lo expresara el cineasta bienamado (disculpa Fico –nos referimos a De
Cárdenas- que te robemos tu frase), Francois Truffaut: cada uno tiene sus
razones. En cualquier caso, el texto de Balmes Lozano que inicie el incendio de
la pradera. Eso es lo que deseamos.
Completa esta sección el texto de Ichi Terukina, Los primeros ensayistas y teóricos norteamericanos (segunda parte).
Como siempre nuestro amigo Ichi y sus preocupaciones por la naturaleza esencial
de las imágenes cinematográficas. Cuánta verdad en su afirmación de la pérdida
o dilución del asombro que conlleva el descubrimiento, cuando luego pasa a
formar parte de lo cotidiano. Y por ello, estas notas de Ichi Terukina cobran
importancia, por ese deseo de volver a repasar una y otra vez aquellos
territorios pertenecientes al lenguaje cinematográfico: la polémica confusión
entre el cine como medio de expresión y la producción cinematográfica que animó
los albores de la cinematografía y que tuvo a Alexander Bakshy como uno de los
protagonistas; la relación sujeto-sociedad como elemento básico para valorar un
film, tesis levantada por Vachel Lindsay, antes de la década del veinte, década
que como bien sabemos fue el gran momento de Dziga Vertov y sus teorías del Cine-Ojo o el despojo en el film de
todo artificio para alcanzar la “objetividad integral”, Lev Kulechov y sus
experimentos en el montaje cinematográfico, pero, sobretodo de Sergei
Eisenstein y sus películas (La huelga
(1924), El acorazado Potemkin (1925)
u Octubre (1927)), donde la masa,
precisamente, adquiría el rango de protagonista heroico en medio de historias
épicas y de esfuerzos denodados por crear un lenguaje conceptual a través de
las imágenes. Gracias Ichi por hacer que volvamos a esos años lejanos de la
historia del cine y que aprendimos a conocer apenas rozando los veinte años de
la mano de Hablemos de Cine. Y como
tú, esperamos que no sean pocos los que investiguen estos estimulantes años del
descubrimiento de este maravilloso invento llamado cine.
- VI -
La sección Nuestra Casa es una
suerte de retorno al Rincón Cinéfilo.
De manera celebratoria, Gabriel Quispe revisa la ya famosa trilogía de Francis
Ford Coppola, El Padrino, que tuvo
como punto máximo el segundo episodio donde un Al Pacino perfectamente
controlado nos muestra las alturas, la magnificencia y los delirios de un poder
omnívoro, pero que no puede escapar de la vulnerabilidad humana. Y, entonces,
la soledad y la tristeza se apoderan del
film y capturan al espectador con esa extraña belleza que a veces recubre el
horror y la violencia. Bien por Gabriel, pero sería bueno que esta sección esté
cerca del Rincón Cinéfilo. Un poco,
diríamos nosotros, para ordenarnos.
Cierra la revista la sección Miscelánea.
Y alli nos aunamos al pesar por la muerte de Alat, antiguo crítico de cine y
crítico y autor teatral. Reconocemos que las críticas de Alat no eran las de mi
preferencia. Nos disgustaba su aprovechamiento de las imágenes para iniciar un
discurso sobre temas que bien podían ubicarse en el terreno político o el
social y, finalmente, terminaba tan alejado del film y nosotros totalmente
insatisfechos. Sin embargo, en la época en que empezamos a leer sus críticas en
el diario Expreso, que coincide
temporalmente con aquellos días en que cayeron en nuestras manos un ejemplar de
Primer Plano, la revista chilena y
dos números de Hablemos de cine, nos
pareció interesante saber que las imágenes que nos cautivaban iban más allá del
simple divertimento y, por otro lado, el
lenguaje y la forma de expresión utilizados por Alat le otorgaban a las
películas un rango y una importancia insospechados en nuestros años de
adolescencia provinciana.
La crítica cinematográfica nos ha permitido conocer y amar el cine. Cada
revista que cae en nuestras manos es todo un hallazgo, es un pequeño tesoro
motivo de alegría, de nuevos descubrimientos y de muchas satisfacciones. Butaca Sanmarquina nos ha despertado
todos estos sentimientos afectuosos y hemos sentido mucho placer en poder
hablar sobre ella y a partir de ella sobre una de las cosas que más amamos en
la vida: el cine.
Lima, 21 de enero de 2003
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