A Jordi, Nati, Julieta, Luciano, David, allá en el Baires querido
Escribe: Rogelio Llanos Q.
Esta nota la escribí antes de que Suiza humillara al favorito España; once días antes de que los Neozelandeses le jugaran de igual a igual y le quitaran un punto a Italia, poniendo en peligro su pase a la siguiente ronda de la competencia; y en los días previos a aquella tarde en que Gabriel Heinze hiciera uno de los más hermosos goles en lo que va del Mundial, poniendo a la Argentina en la recta de la clasificación a los octavos de final. Muchas sorpresas estamos viendo en Sudáfrica 2010, y la mejor de todas es que los cuadros sudamericanos están hoy más que nunca con altas probabilidades de ocupar puestos de honor en este torneo que está concitando la atención de propios y extraños. Bueno, allí va la nota, tal como la escribí, lleno de expectativas antes del comienzo de este Sudáfrica 2010, que al igual que las anteriores ediciones, dejará muchos y apreciables recuerdos y anécdotas.
1.
Estamos a escasos dos días de la inauguración del décimo noveno mundial de fútbol Sudáfrica 2010. A esta alturas, nos imaginamos, las entradas para ver la inauguración y la final deben estar ya agotadas, a menos que la reventa haga de las suyas y alguien se anime a comprar las entradas a un precio estratosférico. Conseguir entradas a estas alturas para el partido inicial o la final es prácticamente imposible, salvo que ocurra aquello que pasó en el mundial de Suecia, allá por 1958.
Cuenta la historia que un mozalbete de nacionalidad sueca encontró de casualidad y tirado en la calle un boleto de entrada para el partido final entre Suecia y Brasil. Bien, ¿saben lo que hizo este honestísimo muchacho que había estado pugnando por conseguir el ansiado boleto? Pues, fue a la policía y lo entregó allí para que la persona que lo perdió pudiera reclamarlo. Según se dice, el muchacho recibió una recompensa de dos coronas y media, que equivalía al diez por ciento de del valor oficial del boleto, que en reventa estaba a 500 coronas. ¿Puede alguien imaginarse lo que habría sucedido en nuestra gris y chismosa Lima? Increíble, pero cierto.
Bueno, esta es una de las muchísimas historias y anécdotas acerca de los mundiales de fútbol que relata el periodista y escritor argentino Luciano Wernicke en Historias Insólitas de los Mundiales de Fútbol, libro que compramos en marzo pasado cuando estuvimos en Buenos Aires, a donde viajamos para ver al gran Caetano Veloso. Pues bien, a pocos días del inicio del mundial empeza
Y es que se trata de una joyita porque aparte del placer y buen humor que causa su lectura, contiene una buena cantidad de datos e informaciones acerca de cada uno de los mundiales, incluyendo, al final, un anexo de récords registrados en los mundiales, desde Uruguay 1930 hasta Alemania 2006. Y para muestra basta un botón: Nos acabamos de enterar en las páginas finales del mencionado texto que nuestro admirado Zinedine Zidane (cuyo cabezazo al italiano Materazzi, bajo nuestro particular y controversial punto de vista, estuvo bien aplicado…y lluevan sobre nosotros los denuestos) fue el jugador más sancionado: cuatro tarjetas amarillas y dos rojas en doce partidos mundialistas, entre 1998, 2002 y 2006.
2.
Debemos reconocer que la últ
ima vez que seguimos con extremada atención un mundial de fútbol fue en 1970. Sí, en aquel Mundial realizado en México cuando nuestra selección cumplió un mínimo papel decoroso y despertó tantas ilusiones, que luego, Pelé y su dream team se encargó de hacerlos trizas en un partido en el que, debemos admitir, nos causó una profunda tristeza y no pudimos evitar derramar unas cuantas lágrimas al ver que el cuadro de Chale, Mifflin y Cubillas, el cuadro de nuestros amores, caía avasallado por esa tremenda máquina de hacer goles que fue la selección brasileña. Creemos que fue a partir de allí, que ya no quisimos saber más de fútbol. A partir de allí, dejamos de interesarnos en el fútbol. Ser hinchas de Alianza Lima pasó a ser un lindo recuerdo y nada más. Y ahora, sólo si estamos de buen ánimo nos sentamos a ver algún partido sin garantía alguna de llegar hasta el pitazo final. Sí, la selección de Brasil acabó con nuestra entusiasta afición por el fútbol. Teníamos a la sazón quince años. Pero aún adolescentes, éramos grandes conocedores de fútbol, sabíamos de esquemas de juego, recordábamos con suma facilidad los nombres de los jugadores, mencionábamos las formaciones completas de los equipos, éramos los sufridos hinchas acérrimos de la gloriosa Alianza Lima y éramos también grandes admiradores del fútbol brasileño. Leíamos con avidez los periódicos deportivos, como La Crónica y las páginas finales de La Prensa, y recortábamos las fotografías y algunos textos sobre el equipo de nuestra predilección. Sabíamos de la maestría de Pelé y de la genialidad de Garrincha.
Y vaya, vaya, nos acabamos de enterar que Garrincha, el admirado Garrincha, que fue uno de los gestores del triunfo de la selección brasileña en Suecia 1958, casi no acude a ese Mundial debido a que el psicólogo contratado por la federación brasileña para que apoyara al entrenador Feola determinó con sus sesudos estudios que el popular Mané no debería integrar la selección a causa de su bajísimo coeficiente intelectual.
¿Se acuerdan de Nilton Santos? Hmmm, muchos que sólo siguen a los peloteros de nuestro pobrísimo fútbol peruano tal vez no, pero nosotros, a este excelentísimo defensa, sí lo recordamos con mucho afecto: le decían La Enciclopedia porque sabía de fútbol como ninguno.
Pues bien, Nilton Santos y Didí fueron a hablar con el psicólogo de marras, y su genial argumento para que no lo apartara de la selección al gran Garrincha fue: ¡Oiga doctor, Garrincha sabe jugar al fútbol! Unos pies desviados hacia adentro, una pierna seis centímetros más corta que la otra, una columna vertebral desviada y una capacidad intelectual disminuida, no fueron obstáculo alguno para que nuestro apreciado Garrincha, en sus sesenta partidos que jugó con su selección, ganara cincuenta y dos, empatara siete y perdiera sólo uno. Un grande, sin duda alguna.
Y es que estos tipos extraños, diferentes, muestran su genialidad cuando están en su medio. Charlie Parker, el extraordinario músico de jazz, cuya vida llevara al cine el maestro Clint Eastwood, desplegaba esa genialidad al momento de tomar el saxo entre sus manos. Sin su instrumento era un ser desvalido, derrotado por las drogas y el alcohol. El medio de Garrincha era el campo de fútbol y con la pelota en los pies trascendía hacia el mundo del arte.
Luciano Wernicke cuenta una anécdota curiosa sobre lo que era Garrincha fuera del campo de juego: en una ocasión en que paseaba por las calles de Estocolmo, Garrincha compró una radio a transistores, que por esa época valía un ojo de la cara. Era el invento de moda que sólo unos pocos podían adquirirlo. Pues, todo el mundo estaba sorprendido con la adquisición de Garrincha y no pocos lo felicitaron. Pero, de todo hay en la viña del Señor, y los vivos nunca faltan. El masajista le dijo por lo bajo que había hecho un mal negocio porque el aparatito en cuestión sólo transmitía en sueco y que en Brasil no le iba a servir para nada. Garrincha encendió la radio, probó en varias estaciones y, efectivamente, sólo escuchó hablar en sueco. Cuenta el periodista que registra la anécdota que Garrincha, se sintió estafado y maldijo hasta su última generación al vendedor y terminó vendiendo al masajista la radio por un precio infinitamente inferior. Así de ingenuo podía ser este genio del fútbol.
3.
Durante el tiempo que fuimos aficionados al fútbol gozamos hasta la euforia con los triunfos de Alianza Lima y sufrimos hasta las lágrimas con cada derrota. Y las derrotas eran tanto más dolorosas cuando la propinaba la ‘odiada’ crema universitaria. No podíamos ver ni en pintura al cuadro de José Fernández sin sentir una gran rabia interior. Perdónanos gran capitán. Sólo con el paso de los años hemos llegado a admirarte por tu caballerosidad a la altura de ese otro grande que fue Lolo Fernández a quien tuvimos el placer de saludarlo y demostrarle nuestro aprecio muchos años después, en un fugaz encuentro que motivó nuestra gran amiga de los ochenta, Mónica Castillo.


Así pues, Orsi, probó muchas veces darle al balón de la misma manera que en el partido, pero sin éxito. La pelota fue por todos lados, menos por el ángulo junto al palo del arco por donde había cruzado rauda hacia las redes la tarde anterior. Nunca hubo tal foto. Y lo que no sabemos es si los fotógrafos lograron salir ilesos de la furia del dictadorzuelo fascista.
5.
Acudimos al Internet y escribimos ‘Morales Bermúdez y la Selección Peruana” y la primera entrada que apareció fue la de una nota del argentino Ezequiel Fernández que data de junio de 2008, en la que se menciona que el periodista también argentino Ricardo Gotta estaba a punto de publicar un libro en el que cuenta con pelos y señales cómo ocurrió el mencionado arreglo.
Entre otras cosas Gotta cuenta que Rafael Videla, el dictador que mandó a matar a tantos argentinos felicitó por teléfono a nuestro dictador de turno, Morales Bermúdez, y éste no sólo le agradeció la felicitación sino que, además, le dijo que estábamos contentos por la agradable estadía de los nuestros en Argentina y que “estábamos en deuda con ustedes”.

s términos- empezó en el 2004 cuando viajamos por primera vez a Buenos Aires. Una noche en la que estábamos acostados en nuestro cuarto del hotel y mirábamos la televisión, atinamos a sintonizar un programa especial sobre el joven goleador Javier Saviola. Mirándolo gambetear, correr como un bólido, esquivar a uno, dos y tres rivales y luego disparar certero el balón y ver a éste golpear las redes del arco del equipo contrario, volvimos a redescubrir esa magia que tienen sólo algunos privilegiados: la magia de hacer parecer fácil lo que es complejo, la magia de combinar los movimientos armoniosos del cuerpo con la fuerza necesaria para impulsar el balón de juego, la magia de convertir en belleza un quehacer cotidiano. Gozamos como niños al lado de nuestra Gaby, saboreando cada gol de un Saviola en sus momentos de inspiración. Al día siguiente, Buenos Aires amaneció con un sol brillante y fue el primero de muchos días hermosos.
Sentimos una gran nostalgia por esas tardes de cine. Y por ello ahora preferimos sentarnos, de vez en cuando, a las cinco o seis de la mañana de algunos fines de semana, ante la pantalla de 32 pulgadas de nuestra sala para ver aquellas películas que nos aseguran que no tienen como protagonista principal a los malditos efectos especiales. Y por eso, hace poco, nos hemos emocionado hasta las lágrimas con La Clase (Laurent Cantet, 2006), Las Horas del Verano (Olivier Assayas, 2008) y Mi Noche con Maud (Eric Rohmer, 1969), que las hemos vuelto a ver y hemos vuelto a llorar emocionados. Ya nos compramos casi todo Rohmer y nos hemos propuesto revisar la obra de Eastwood en su totalidad. Así que ya tenemos para llorar todo este año. Así de sentimentalones nos hemos vuelto, y, quizás, no haya más remedio que decir como el personaje de Pérez Reverte, “No queda sino batirse”, y salir, cual hidalgos quijotescos, a romper lanzas contra esos remedos de cine, de filmotecas mediocres y espantajos que llenan de mierda los ojos de tanto público ingenuo.
Y esa fue nuestra primera desilusión al llegar a Lima a comienzos de la década del setenta. Algunos cines carecían de ese encanto y nos enfrentaban directamente con el écran vacío. Algo de la magia del cine empezó a morir desde allí. Hasta que descubrimos Hablemos de Cine y, entonces, quedamos fascinados por esa suerte de deconstrucción de la imagen cinematográfica. Habíamos visto la magia, ahora descubríamos su esencia, ahora empezábamos a saber de qué estaba hecha esa magia. Y durante muchos años estuvimos a la caza de los viejos números de Hablemos de Cine hasta aquella tarde deliciosa en que participamos jubilosos del saqueo de un viejo local en el centro de Lima donde fuimos protagonistas del hallazgo de ese tesoro invalorable guardado en unos estantes, apilados por números y cada pila, si la memoria no nos engaña, amarrada con una pita impertinente que rompimos sin pensarlo dos veces. Ahora la revista bien amada tiene un lugar especial en nuestra biblioteca. Y volvemos a ella solitarios y silenciosos cada semana, casi secretamente, como un ritual, a veces para hojearlas, a veces para oler su vejez, a veces para releerlas o tan sólo para saber que están allí, con nuestra juventud perdida, con nuestros sueños frustrados, con nuestras pasadas ilusiones. 
Ver una película dos o más veces es una manía que ha sobrevivido con los años. Ya hemos perdido la cuenta de las veces que hemos visto El Último Rock (The Last Waltz) la hermosa película de Scorsese, pero en el cine fueron no menos de diez. Y a los predios de Los hijos de Katie Elder (Sons of Katie Elder, Henry Hathaway, 1965), La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckinpah,1969), Pat Garret y Billy The Kid (Sam Peckinpah,1973), Río Bravo (Howard Hawks, 1959) o Juramento de Venganza (Major Dundee, 1965) hemos vuelto emocionados una y otra vez. Y puedo ser feliz extraviado entre libros y películas, mil y una veces visitados, de Truffaut, Rohmer e Eastwood.

Ennis del Mar es callado, ensimismado, vive en un mundo interior asaltado por los temores, violencias y amenazas que recibió en sus primeros años de sus mayores que condenaban abierta y cruelmente la homosexualidad. Su silencio y su minimalismo gestual forman parte de la careta que ha decidido usar de manera permanente para defenderse de la amenaza exterior. La risa o la manifestación de su alegría –si acaso llega a ella- son momentos efímeros que más parecen pequeños rictus de dolor o de melancolía o quizás pequeños oasis en medio de un paisaje aparentemente desolado. Sí, aparente, porque en ese interior bullen los deseos, las pasiones y esa profunda atracción amorosa que ha empezado a nacer por el compañero entrañable de su aventura física y sentimental en las alturas de Brokeback Mountain. Y la impotencia ante su ausencia se desborda en desesperados golpes de cabeza y puños contra una pared mientras a duras penas logra controlar los sollozos que pugnan por romper el muro con el que ha cercado sus emociones; pero también se escurre de manera emotiva a través del abrazo imaginario al amigo asesinado, acercando su camisa a su rostro para encontrar en su olor y en la caricia de la prenda el recuerdo de su cuerpo y de sus afectos.
El Guasón de The Dark Knight conserva en su rostro las cicatrices de un origen oscuro, violento, misterioso. El Guasón guarda un pasado donde el tormento y la exclusión han moldeado al personaje que ahora, consciente de su capacidad destructiva, intenta poner a sus pies el universo de donde él proviene. La corrupción, el robo, el crimen han sido el caldo de cultivo de este personaje que ahora potencia tales actos entre risas malévolas y explosiones de dimensiones catastróficas. El Guasón, con sus cicatrices cubiertas por las pinturas y afeites del payaso, es el mal mismo entronizado en una ciudad en la que sólo han quedado los matices oscuros de una noche permanente, como si él se hubiera apropiado de todos los colores del espectro y hubiera robado de sus habitantes la risa, el humor y la diversión. La verborrea de El Guasón, su risa burlona, sus miradas aviesas, su travestismo, su caminar rápido y desgarbado y sus movimientos y gestos nerviosos con las manos, festejando la destrucción que su presencia motiva, contrastan con la tiesura, el formalismo y la mediocridad de sus antagonistas. Y por ello, con ánimo celebratorio, nos sentimos fuertemente atraídos hacia el lado oscuro de ese ser que hizo de la perversidad la razón de su existencia.